No nos engañemos, para nadie es fácil reconocer que tiene sentimientos homosexuales, por muy liberal que haya sido el ambiente donde nos hemos educado (y menos aquí en nuestra tierra patria, donde la religión aún sigue pegando muy fuerte); si hay alguno que lo haya llevado más o menos bien, ahora es el momento de levantar la voz y contar qué clase de padres ha tenido, o en qué familia se ha criado, pues habría que levantarles un monumento.

Pero de todas formas, aún habiendo tenido esa suerte, el conflicto personal no es nada sencillo, máxime cuando las primeras manifestaciones de que tus gustos sexuales no se corresponden con tu género empiezan sobre la adolescencia, época complicada donde las haya, la peor de nuestra vida. El día en el que te animas a conectar tu pc, tal y cómo hacen todos tus amigos, para ver un poco de porno online, y descubres que lo que te pone cachondo no son tías con dos tetas gordas, sino las pollas grandes, sabes que algo no marcha como debería; y lo peor es que pasa bastante tiempo antes de que te des cuenta que no hay ningún problema con eso, cuando ya has alcanzado un cierto grado de madurez, pero mientras tanto las pasas bien canutas.


Y esa misma fue mi experiencia, amig@s, tal y como la estoy contando. Cuando visitaba webs guarras en internet, siempre me inclinaba por el porno gay: gays negros, incesto gay, gays follando a pelo… Eran las folladas entre hombres las que me la ponían tiesa, porque en cuanto entraba en escena alguna tía la líbido se me venía abajo. Con los 11 años que tenía, intenté sondear disimuladamente a mis amigos a ver si a ellos les pasaba algo similar, pero me di cuenta de que no cuando empezaron a acusarme, todavía medio en broma, de que era maricón. Un par de años después ya no pude hacer oídos sordos, y reconocí que era homosexual ya sin ningún género de dudas, pero entonces vino lo peor: cómo enfrentarme al mundo con ese descubrimiento.
No es que mis padres fueran unos carcas redomados, pero yo estaba bien seguro de que la noticia no les iba a hacer ninguna gracia; aunque hasta ahora me había comportado como cualquier chico de mi edad y con las aficiones propia de mi género, sabía que en el momento que se suponía que debía empezar a tontear con chicas y las cosas no fueran por ahí se darían cuenta de que algo pasaba.
Así que un día me armé de valor y, con 16 años, me lancé a hablar con mi madre, un ama de casa que tenía estudios de secundaria pero que no trabajaba fuera de casa, pues un marido camionero y cuatro hijos ya le daban bastante trabajo. Cuando ahora recuerdo aquel día me dan ganas de reír, pero tampoco puedo olvidar la angustia y la vergüenza que sentí al sentarme junto a ella y preguntarle que qué pensaría si un día apareciera en casa con un novio; la cara que ella puso fue un poema, casi se le desencaja la mandíbula, pero se recuperó enseguida, y lo único que me dijo con media sonrisa es que lo único que me pedía es que no llevara pelo largo y ni piercings (siempre prohibió eso en casa, a mis hermanos y a mí).
Y ahí acabó todo el problema. Sé que ella habló con mi padre, por las indirectas que empezó a lanzarme un tiempo después, pero nunca se atrevió a hablarme directamente sobre el tema. De todas formas, mi primera pareja formal no llegó hasta el último año de universidad, y para entonces la cosa ya empezó a verse con normalidad, y no hubo ningún problema en casa, ni con mis padres ni con mis hermanos, aunque estuve bastante nervioso hasta que todo acabó la primera vez que lo invité a comer con nosotros.
Así que ya sabéis, ser gay es algo natural y no tiene nada de lo que avergonzarse, pero los principios no son fáciles, y no conozco a nadie que los haya tenido. ¿Vosotros sí?